Doña Antemia

Historias de la comunidad · Relato compartido en el grupo de Facebook de Particular Stories.

El sonido del despertador no existía en la huerta de doña Antemia; la despertaba el frío de la madrugada y el crujir de la madera vieja de la casa cuando el viento comenzaba a soplar desde las sierras. Viuda desde muy joven, con el luto pegado a la piel y una herida honda en el pecho, Antemia había entendido rápido que las lágrimas no llenaban las panzas de sus hijos ni pagaban la escasa leña que encendían para pasar el invierno.

Mi abuela Antemia, su vida después de quedar viuda con 5 hijos. El más pequeño tenía 7 añitos y la mayor 17. Su vida era un péndulo constante entre el pueblo y el campo. En el pueblo, la casa quedaba al cuidado de la mayor, la mayor, Clotilde, de los hermanos, que con apenas diecisiete años ya se habíais ganado un lugar como maestra de primaria en el pequeño pueblo San Francisco del Chañar. Ella era la única que se quedaba firme entre calles de tierra mientras el resto de la tropa cargaba la vieja carreta de mano.

De lunes a viernes, Antemia se trepaba al carro con los cuatro más chicos apretados entre mantas raídas y bolsos con harina, y un par de ollas. El campo quedaba a leguas largas, Ella era su propio patrón .

Allí arriba, bajo el sol implacable del verano o el aire helado que cortaba la cara en invierno, la rutina era implacable. Antemia se ponía con las tarias diaras de alimentar los animales , hacer el arrope, y el quesillo que tanto saboreaban sus hijos. Sus manos se le volvían de cuero. Mientras los dos varones medianos juntaban ramas secas y acarreaban agua del pozo en baldes pesados, las dos niños más pequeños la ayudaban a desmalezar los surcos de maíz y a cuidar las gallinas que daban los huevos con los que pagaban el almacén.

—Madre, me duelen los brazos —se quejó una tarde el más chico sentándose en la tierra reseca, con las palmas manchadas de tierra negra.

Antemia dejó la azada, se secó el sudor de la frente con el antebrazo y se agachó a su altura. No hubo discursos largos ni palabras dulces de manual; le acomodó el flequillo con ternura áspera y le señaló el horizonte.

—El campo no regala nada, hijo, pero tampoco te quita lo que te ganás con el sudor. Mirá esos surcos. Si nosotros no los regamos, nadie lo va a hacer por nosotros.

Los fines de semana, la historia cambiaba de escenario pero no de esfuerzo. El viernes a la tardecita, tras limpiar el galpón y dejar todo atado, Antemia y los cuatro pequeños desandaban el camino a pie y a caballo , hacia el pueblo. Al llegar, la hermana mayor los recibía con una olla de guiso humeante y la ropa del domingo limpia, remendada mil veces con paciencia de orfebre. Esa noche, el pueblo entero parecía más chico porque la familia volvía a estar junta. Los cinco hermanos se amontonaban en las camas, riéndose bajito, mientras Antemia aprovechaba las horas de la noche para coser a la luz de una vela lo que no pudo remendar en la semana.

Los años pasaron como ráfagas de viento. Los cuatro pequeños crecieron con el lomo curtido por el sol y la convicción firme de que el trabajo honrado era el único camino posible. La mayor, desde su independencia temprana, se convirtió en el faro que ayudó a que los menores terminaran la escuela del pueblo.

Cuando los hijos ya eran hombres y mujeres hechos y derechos, y el campo empezó a devolver en cosechas abundantes lo que tantas veces les había negado, doña Antemia se sentaba en el umbral de la casa del pueblo al atardecer. Con las manos nudosas, surcadas por las marcas de la tierra y el sacrificio, miraba a sus hijos reunidos alrededor de la mesa. No tenía riquezas materiales ni títulos que blasonar, pero al verlos firmes, honrados y unidos supo que había ganado la batalla más dura de su vida, de pie, en silencio y completamente sola.

Viuda desde muy joven, con el luto pegado a la piel y una herida honda en el pecho, Antemia había entendido rápido que las lágrimas no llenaban las panzas de sus hijos ni pagaban la escasa leña que encendían para pasar el invierno. Fue una gran madre y una mujer de campo muy luchadora y resiliente. Siempre brindó todo el amor y sacrificio para que sus hijos sean personas de bien. Una cariñosa y bondadosa abuela para mi.

Compartir

¿Hay una historia familiar que también querés preservar?

Podemos transformar recuerdos, fotografías y conversaciones en una biografía escrita para compartir con las próximas generaciones.