Fotografía familiar compartida por Carolina Gear: una mujer y una niña junto a una torta de cumpleaños

Abuela Zuni

Historias de la comunidad · Relato compartido en el grupo de Facebook de Particular Stories.

Lo que más recuerdo de mi abuela Zuni es su risa. Tenía una risa muy particular, de esas que se reconocen desde otra habitación. Yo muchas veces la hacía reír contándole cosas del colegio o de mi casa, y ella se reía a carcajadas, hasta que se le caía alguna lágrima. Durante mucho tiempo pensé que lloraba de la risa. Después me enteré de que también era por las cataratas.

Casi todas las tardes, cuando volvía del colegio, la llamaba por teléfono fijo. Ella atendía y muchas veces, antes de que yo dijera demasiado, ya me largaba: "Venite a merendar, pichona". Yo llegaba tipo tres y media, todavía con el uniforme, y generalmente la encontraba mirando Utilísima mientras planchaba alguna ropa. Cerca de las cuatro mi abuelo se levantaba, comía alguna fruta y después venía lo que yo estaba esperando desde que había llegado: la merienda.

Mi abuela hacía casi todo casero. Había galletitas de agua con manteca y dulce de leche, y unas galletitas de vainilla y cacao que guardaba en un tarro adentro de un mueble. Con mis primos sabíamos perfectamente que estaban ahí y corríamos a buscarlas. Pero la reina era la pastafrola. Si mi hermana y yo se la habíamos pedido unos días antes, ella se acordaba. No hacía falta recordárselo demasiado.

En esas meriendas yo le contaba todo. Cosas importantes y cosas que seguramente no tenían ninguna importancia. Problemas del colegio, cosas de mi casa, alguna pelea, qué había hecho mi mamá. Ella escuchaba, se reía y también tenía sus respuestas. Si yo me quejaba de mi mamá, que era su hija, me decía: "Hay que amarla como es". Aunque también podía salir con otra bastante menos solemne: "Cada uno hace de su culo un florero". Tenía muchas de esas frases. Algunas todavía las repetimos.

Con los años entendí que lo que me gustaba de ir a su casa no era solamente la pastafrola, aunque ayudaba bastante. Era esa sensación de llegar, sentarme y poder contarle cualquier cosa. Estar ahí era estar cuidada.

Hoy Zuni tiene un Alzheimer avanzado y muchas de aquellas conversaciones ya no pueden repetirse. Pero todavía se ríe. Y cuando aparece esa risa, por un momento vuelvo a verla planchando frente a Utilísima, con el tarro de galletitas escondido en el mueble y la merienda a punto de empezar.

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